Un dilema ético de la Biblia

 En Reflexiones

Quiero tratar en este breve escrito, uno de los dilemas bíblicos que me estremecía siempre que leía el Antiguo Testamento cuando era una tierna adolescente. Es el tema de las matanzas divinas que ocurrían cada que un pueblo se oponía a los mandatos del Señor o maltrataba a Israel el pueblo elegido de Dios.

Casos como el de Sodoma y Gomorra, el diluvio universal, la muerte de los primogénitos de Egipto, la muerte del ejército del faraón en el mar Rojo, la muerte de los 24.000 que se intoxicaron con la carne de las codornices en el desierto, por nombrar solamente algunos, siempre me hacían sentir un poco de angustia y dolor porque no podía entender cómo un Dios tan santo y amoroso que prohibía matar permitía semejantes masacres. No comprendía nada acerca de Su carácter o de Su majestuosa santidad que impiden al Señor estar cerca o siquiera ver al pecado y por ende al pecador.

Cosas como la conocida “ley de talión” representada claramente en Éxodo 21:24, Levítico 24:20 y Deuteronomio 19:21, y muchas otras citas del Antiguo Testamento, siempre me hacían pensar y divagar con cierta tristeza sobre ¿cómo podía entender que Dios, el mismo que dijo en sus diez mandamientos, “No matarás”, ordenara la muerte de quien ha matado? Asimismo el hombre que hiere de muerte a cualquiera persona, que sufra la muerte. El que hiere a algún animal ha de restituirlo, animal por animal. Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él. El que hiere algún animal ha de restituirlo; mas el que hiere de muerte a un hombre, que muera. (Lev. 24:17, 21).

Por supuesto los detractores de Dios y de la Biblia siempre han usado este argumento para hablar en contra del Señor y criticar sus decisiones, claro, sin entender Su santidad y Su justicia. Fue mucho tiempo después, cuando comencé a entender el carácter y la santidad de Dios, que me di cuenta del por qué el Señor permitió en muchos casos, y en otros ordenó, la muerte y destrucción de personas como por ejemplo en el caso de Sodoma y Gomorra (aunque no se menciona en la Biblia ni se sabe con certeza cuántas personas perecieron allí), hemos leído varios pasajes bíblicos que corroboran el carácter impío de los habitantes de estas ciudades, pero especialmente encontramos una descripción interesante cuando el patriarca Abraham intercede ante el Señor por esa ciudad, en la cual vivían su sobrino y sus hijas, tratando de disuadir a Dios para que no destruyera ese lugar si encontraba al menos 50 justos, y ya conocemos el resultado. En Ezequiel y también en Judas, podemos encontrar un poco más de explicación de las razones por las cuales fueran destruidas estas dos ciudades: “He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no tendió la mano al afligido y al mendigo. Y se llenaron de soberbia y abominaron de mi Ley”. (Ezequiel 16:49-50)

Si miramos cualquier otro caso de muertes multitudinarias, o pequeñas en número, podemos observar que estas siempre estuvieron relacionadas con algún tipo de pecado o maldad que provocaba la ira justa y santa de Dios. Veamos algunos ejemplos:

El diluvio universal donde se cree que murieron por lo menos veinte millones de personas (aunque para mí debió haber muchas más, por cuanto los antiguos siempre vivían muchísimos años y engendraban muchos hijos), fue ocasionado por la maldad del hombre al desobedecer los mandatos divinos (“El Señor vio que era demasiada la maldad del hombre en la tierra y que este siempre estaba pensando en hacer lo malo, y le pesó haber hecho al hombre. Con mucho dolor dijo: “Voy a borrar de la tierra al hombre que he creado, y también a todos los animales domésticos y a los que se arrastran, y a las aves. ¡Me pesa haberlos hecho!” Génesis 6:5-7 (DHH). Aquí vemos que fue la misma humanidad la que trajo esta masacre universal como consecuencia de la transgresión a las normas divinas cuyo resultado es la muerte (entendiéndola como separación de Dios y de Su comunión).

Recordemos que la muerte entró al mundo por la transgresión de un hombre (Adán). Desde el principio Dios había dicho a Adán que no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal porque el día que comiera de él, “ciertamente moriría” (Génesis 2:16). Sabemos que cuando Adán y Eva desobedecieron este mandato la muerte entró al universo como resultado de transgredir esa orden divina, y a partir de entonces, este tema de la muerte solo fue el resultado de la desobediencia e incredulidad del hombre y una consecuencia espiritual y física de dicha transgresión, no un castigo de Dios.

Volviendo al tema de las muertes en masa, yendo un poco más adelante a la destrucción de Sodoma y Gomorra si leemos con atención el relato bíblico (Génesis 18:16-24) tal y como lo dice Ezequiel 16, dicha destrucción no fue por gusto divino sino solo un resultado y consecuencia de la maldad y el quebranto de la justicia divina.

Posteriormente, la mortandad del desierto de unas 24.000 personas a causa de la murmuración y quejadera contra Dios, quien los había librado de 400 años de esclavitud en Egipto, también nos muestra cómo fueron los israelitas quienes acarrearon la muerte para sí a causa de la ingratitud e incredulidad hacia Dios, no obstante Dios los había liberado de las garras del faraón, trasladado hacia la tierra de Canaán, alimentado y saciado su sed en el desierto protegiéndoles del fuerte calor y del inclemente frío en las gélidas noches de aquel inhóspito lugar.

Aquí podríamos llenar cientos de páginas y no terminar aun de describir los numerosos ejemplos de estas muertes multitudinarias que me horrorizaban en la niñez, pero que poco a poco comprendí que al igual que Adán culpó a Dios en el Huerto por “la mujer que le había dado y lo había hecho pecar”, sin asumir su propia responsabilidad, en todas estas muertes debemos asumir nuestra responsabilidad y descubrir y comprobar la justicia de Dios y Su santidad ineludibles, que obedecen a un precepto divino dictado desde la misma eternidad por la naturaleza de Su carácter, el universo entero responde obedientemente y su desobediencia trae como consecuencia natural la muerte de todo aquel que decide desafiar la santidad y perfección de Dios en cualquier forma.

Y concluyo que Jesús al final de mi reflexión viene a interpretar el quinto mandamiento mucho más allá del sentido inicial que oímos desde siempre. Fue el santo Hijo de Dios quien me hizo comprender el amor infinito y la misericordia reivindicadora de Dios cuando dijo a la multitud en el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio» (Mt. 5:21-22). Y allí entendí cuál es la verdadera muerte, no aquella física solamente, sino la muerte interior, la del ser hecho a la semejanza divina. Jesús no limita el cumplimiento del mandamiento a una simple observación literal (“porque la letra mata mas el espíritu vivifica”) sino que le adiciona la actitud interior y por esto nos amplía en 1 Juan 3:15 que “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida», lo cual interpreta para mí de manera precisa la verdadera significación de la muerte y explica profundamente cómo Dios en Su infinita justicia y misericordia nos mostró en Su palabra el triste resultado de desobedecer y de no creer a Sus ordenanzas perfectas (Salmos 19:7), y cómo trae esto consecuencias fatales intrínsecas, es decir que los mismos hombres buscaron su autodestrucción al no cumplir los mandamientos de la Ley de Dios porque sabemos con certeza que, “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo”.

Blanca Lilia Garzón- Iglesia Cristiana Intimidad

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